La comida no solo permite descubrir nuevos sabores. También conserva tradiciones, transmite recuerdos y puede acercarnos a lugares y culturas que todavía no conocemos.

Cuando viajamos, una de las mejores formas de conocer un lugar es sentarnos a su mesa. Probar sus platos, visitar sus mercados, descubrir sus productos y observar cómo se prepara y se comparte la comida permite acercarnos a una cultura desde una perspectiva que va mucho más allá del turismo.
Pero la relación entre gastronomía y viajes también funciona en sentido contrario. No siempre necesitamos viajar para empezar a conocer una cultura. A veces, el viaje comienza con un plato.
Un sabor puede despertar nuestra curiosidad por un país que nunca hemos visitado. También puede devolvernos a un lugar en el que estuvimos años atrás. En mi caso, lo he experimentado durante y después de algunos viajes.
En Túnez, durante una parada, probé una infusión mientras unas personas del lugar nos explicaban cómo aquella bebida caliente podía ayudarnos a sobrellevar el calor. La experiencia quedó asociada a aquel momento y, con el tiempo, volver a encontrar sabores similares ha sido también una forma de regresar a aquella escena.
La gastronomía tiene esa capacidad de relacionarse con nuestra memoria, pero también con nuestra curiosidad.

Mucho más que un plato
Reducir la gastronomía a lo que encontramos en un plato supone dejar fuera buena parte de lo que realmente representa.
Detrás de una receta puede haber conocimientos transmitidos durante generaciones, productos vinculados a un territorio, técnicas de elaboración, celebraciones, costumbres familiares o formas concretas de compartir la comida.
La UNESCO considera las prácticas alimentarias un elemento del patrimonio cultural vivo. Su actual proyecto sobre patrimonio alimentario destaca que estas prácticas están relacionadas con la identidad cultural y que también cuentan historias de migración, adaptación y resiliencia. Desde la obtención de los ingredientes hasta la preparación y el consumo, las comunidades transmiten conocimientos, habilidades y prácticas sociales de una generación a otra.
La propia organización insiste en una cuestión que resulta importante para entender esta relación: no son únicamente los alimentos o los platos los que adquieren valor patrimonial, sino las prácticas culturales que existen alrededor de ellos. Por eso, cuando hablamos de gastronomía, hablamos también de cultura.
Cuando las cocinas cruzan fronteras
Las recetas también viajan. Lo hacen con las personas que emigran, con quienes abandonan su país para comenzar una nueva vida en otro lugar y llevan consigo aquello que aprendieron en sus hogares. España es un buen ejemplo de esta diversidad. En muchas ciudades es posible encontrar restaurantes, comercios y pequeños negocios donde se preparan alimentos y platos procedentes de diferentes partes del mundo.
Para quienes han emigrado, mantener determinadas costumbres gastronómicas puede ser una manera de conservar un vínculo con su lugar de origen. Para quienes reciben esas cocinas, puede convertirse en una oportunidad de acercarse a una cultura diferente.ç
Como venezolana, esta parte de la gastronomía me resulta especialmente cercana. Cuando veo a personas que nunca han estado en Venezuela probar una arepa, una carne mechada u otros platos de nuestra cocina, tengo la sensación de que están descubriendo una pequeña parte de mi país. No necesitan haber recorrido sus calles para empezar a conocer algunos de sus sabores.
Y eso también forma parte de viajar. No es lo mismo que estar allí, pero sí puede ser una primera aproximación.
Una receta puede guardar una historia
En una conversación con un restaurador venezolano, me contó que uno de los platos que había incorporado a su restaurante estaba relacionado directamente con su infancia: un asado negro que preparaba su madre y que él compartía con su hermano. La receta había viajado con él. Pero también había viajado un recuerdo.
Aquello que había formado parte de su vida familiar terminó convertido en un plato que otras personas podían conocer lejos de Venezuela.
Es precisamente este tipo de transmisión lo que permite entender la gastronomía como patrimonio vivo. Las recetas pueden conservar conocimientos y recuerdos, pero también transformarse cuando pasan de una generación a otra o cuando llegan a nuevos lugares. La UNESCO señala también, que las prácticas relacionadas con la alimentación tienen una dimensión social y cultural que contribuye a reforzar la identidad, la cohesión y el sentido de continuidad de las comunidades.
Una receta familiar, por tanto, puede ser mucho más que una forma de preparar determinados ingredientes. Puede ser una forma de recordar.
El viaje también cambia lo que comemos
Cuando viaje a México encontré sabores y combinaciones diferentes a las que conocía. En un mercado, por ejemplo, me sorprendieron algunos dulces picantes y el chocolate con sal. Probar una gastronomía en otro país no es exactamente lo mismo que probarla en el lugar donde forma parte de la vida cotidiana. No significa que la comida mexicana que había probado anteriormente fuese menos válida. Lo que cambió fue todo aquello que rodeaba al plato: Estaba el mercado, los productos, los olores, las personas, la manera de comprar, las costumbres, el entorno…
Cuando viajamos, no solo descubrimos una receta. Descubrimos el lugar donde esa receta tiene sentido, las personas que la preparan y las costumbres que la acompañan. Y esa experiencia puede transformar nuestra percepción de una gastronomía que creíamos conocer.
El primer viaje puede comenzar en una mesa
Algo parecido sucede incluso con las cocinas de países que todavía no hemos visitado. He probado comida india en España y algunos de sus aromas y especias me han despertado curiosidad por el país. No he estado en la India, pero esos sabores me han llevado a imaginar sus calles, los colores de sus especias en un mercado, sus cocina tradicional.

La gastronomía puede funcionar así como una primera puerta. Primero probamos, después queremos saber de dónde procede aquello que estamos comiendo, y talvez, incluso, algún día terminamos viajando hasta allí.
No hace falta que ocurra siempre. A veces basta con que ese plato nos permita comprender algo que hasta entonces desconocíamos. Por eso, comer también es una forma de conocer.
Por otra parte, visitar un mercado puede enseñar tanto como recorrer un monumento. Hablar con quien prepara una receta puede permitirnos conocer una historia que no aparece en ninguna guía turística. Y en España tenemos además la oportunidad de hacer ese ejercicio sin salir del país. Las cocinas que han llegado con la migración forman parte cada vez más de nuestro paisaje gastronómico y ofrecen la posibilidad de acercarnos a otras culturas desde nuestras propias ciudades.
La comida puede convertirse así en un espacio de encuentro: una persona prepara una receta que aprendió de su familia y otra la prueba por primera vez. Y entre ambas puede surgir una conversación sobre un país, una tradición o una historia familiar.
Come, siente, viaja
La gastronomía puede llevarnos a un lugar que ya conocemos, como ocurre cuando un sabor despierta un recuerdo. Puede acercarnos a un país que todavía no hemos visitado, puede ayudarnos a conservar nuestras raíces cuando vivimos lejos de ellas, y puede permitirnos conocer otras culturas cuando alguien decide compartir con nosotros una parte de su cocina.
La gastronomía no es solamente preparar una receta y comerla. Es también memoria, identidad, tradición y, muchas veces, migración. Y aunque ningún plato pueda sustituir la experiencia de viajar, sí puede abrirnos una puerta hacia el lugar del que procede.
A veces, el viaje comienza mucho antes de hacer la maleta. Puede comenzar simplemente sentándonos a la mesa.
